
Hay humedad. Como siempre. Pero no frío. Unos chavales esperan en la parada. En el bar los viejos apuran sus vasos de vino. Una niña grita pidiendo atención a su madre. No tiene éxito. Es el tercero y ella se las sabe todas. El escaparate parece interesante. Pasea. Él pasea. Con las manos en los bolsillos. Fin de la jornada. Observa la calle. Huele el bullicio. Escucha el aroma del atardecer. Y mira a los demás. Y les ve. Siente sus pensamientos. Los de ellos. Fluyen junto a los suyos. Con orden. Sin brega. Un pie delante del otro. Una idea detrás de otra. Pero ¿qué ocurre? “Un momento”, piensa. “¿Y esos tomates? Están maduros. ¡Qué buen aspecto!” Los mira. Tal vez una ensalada. Luego una película. Manta, manos, beso. Los chavales cogen el autobús. Pronto cenarán. Los viejos salen del bar. La madre camina con su niña. Mañana comprará la blusa. Él se va a casa. Sortea las serpientes. Reptan a su alrededor. Y al de ellos. Desde siempre. Las ve sin mirarlas. Saca un tomate de la bolsa. Huele. Respira. Descansa.
Para Tamara
me encanta... ¡brochazos acertados! :-) Dominique
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